domingo, 6 de abril de 2014

Barrio Neftalí Capitulo 2

CAP. 2                                                                LA MAESTRA Y EL CIRUJA                 

                                                                                                       
Este es un barrio de deslumbrantes opacidades y de milagros ínfimos, de pequeños sueños y grandes pe-sadillas. No indico esto al sociólogo ni al antropólogo; no a los ediles, no a los caciques políticos que san-gran por el barrio, no al señor intendente, no al señor gobernador: el barrio puede desenvolverse perfec-tamente sin vuestra indiferencia. Lo indico, sí, a los hombres pequeños que somos en este mundo.                                          Mostraré aquí, sólo para ilustrar groseramente, la conformación socioeconómica del barrio, a dos polos de esta minúscula colectividad: la maestra Graciela Susana Mandrini y al ciruja celestino Fuentes. La una vive en una pobreza franciscana, el otro en una opulencia de sátrapa.                                                        Graciela Susana Mandrini es maestra de escuela primaria, abocada mera y exclusivamente al estudio y la enseñanza; pasión, amor y maternidad le fueron ajenos. La vida pasó sobre, bajo y al  lado de ella sin a-nunciarselo, o haciéndolo en voz muy baja; en algún momento, cuando recién comenzaba en la docencia, en la voz de un joven albañil la vida le susurró una hermosa promesa, pero ella no la oyó, o no quiso oírla. Luego, la rutina de la soledad, su amor pedagógico y su temor esencial a la felicidad hicieron de ella al-guien fácilmente patético, menos detestable que digno de conmiseración. La docente es de una insignifi-cancia proverbial; a ella, y disculpen la confidencia, no me acerca otro sentimiento que la compasión. Se-vera, dura de corazón, ecuánime y sin preferencias, los que fuimos alumnos suyos siempre la sentimos le-jana y neutra,  como una roca lunar. Quien opta por el camino que ella optó se regocija por harto tiempo de sus conductas, hasta que un día se reconoce vacía del más absoluto vacío, es decir llena de cosas sin valor alguno. Infeliz. Ese día, hoy, ha llegado para Graciela, y si no fuese tan rígida, tan acendradamente e-lla, se arrojaría en un rincón a llorar con auténtico sentimiento; pero no, ella comenzó el día con su rutina y espera terminarlo de la misma manera. Sin llanto ni enmiendas, sin pensar ni sentir. Corregirá algunos exámenes, tomará un té de frutillas y luego, en la tarde, dejará que ese sopor inexorable tan conocido le cale los huesos, los ojos y el alma. Las corazas que se ha impuesto desde la juventud la hacen repulsiva de sus congéneres ¿Qué herida temprana, qué fracaso, qué prenatales cualidades te prepararon este camino agrio y sin venturas que transitás? Yo, que detesté tanto tu figura y tu voz en mi niñez, hoy siento un cul-pable cariño por vos, una especie de dolor ajeno y menguado. No te conocimos, tus alumnos de antaño, y me atrevo a decir que el resto de la humanidad, digo, no te conocimos la risa ni la alegría ni el rencor, y ni siquiera el dolor manifiesto, y si alguna vez te sospechamos cerca del llanto, jamás lo corroboramos. Fé-rreamente adusta que eras, inexorable y neutra, Graciela Susana Mandrini, yo te recuerdo con un poco de cariño y con mucha compasión: por esas dulces, y muchas veces engañosas nostalgias que nos acercan los recuerdos de la niñez.                                                                                                                                                                    Imagínenla: magra,  baja de estatura, paso corto y recio, pecho semiplano, vientre seco y acaso estéril; aunque afeado por alguna energía espiritual, delicado y armónico el rostro, y sutiles y hermosas sus ma-nos de pedagoga. Invariablemente lleva el cabello recogido tirante hacia atrás, con un casto rodete  ha-ciendo de remate cerca de la nuca. Imagínenla, y no sean severos como lo fue y es ella consigo misma. La maestra Graciela Susana Mandrini no se ha casado nunca, no ha protagonizado ningún concubinato ni a-rrime alguno, y a sus cincuenta y cinco años ya es difícil que lo haga. No le han faltado pretendientes, pe-ro ella los ahuyentaba conforme se le aproximaban. Hace más de treinta años fue mi maestra de tercero, cuarto y quinto grados, y hoy, desde estas forzadas páginas, la recuerdo con algo que alguien podría con-fundir con amor. En el barrio goza del dudoso prestigio que tienen aquellos que saben más que sus congé-neres, el mismo prestigio que tiene los poetas que corren tras la belleza y el hambre.  Desde estas absur-das nostalgias yo me pregunto ¿han tenido ustedes una maestra como ella?                                                                                                            El ciruja Celestino Fuentes es desde siempre vecino contiguo de la maestra, y no hay día en que no se cru-cen sus caminos ni que se profesen recíproca aversión, representada en su exterior por una mutua y ab-soluta indiferencia. Él es, aunque difícilmente pueda escribir la palabra números, un águila para ellos, es decir un mercader nato; en él no corre sangre china ni judía ni árabe, sino española, goda casi, hidalga, hereditaria y parasitaria, no obstante esto, ha nacido para mercar. Celestino compra a precio de elemento inútil y vende a valor de elemento  insustituible y escaso en el mercado ¡Te alerto de este financista! No te cruces en su camino si andás necesitando un préstamo, yo que fui su deudor, te lo aconsejo. De haber tenido alguna instrucción, Celestino Fuentes sería hoy socio mayoritario del Deutsche Bank o del Morgan Stanley. Celestino es un hombre de mediana estatura, consistente, duro y fuerte; su piel, blanca otrora, luego de los soles y los fríos de su labor a la intemperie es hoy de un bronce viejo, a veces bruñido, opaco a veces; sus ojos brumosos y apagados  y su boca sensual y canalla dicen a quien sabe leer rostros que se trata de un tipo de cuidado, al cual es menester no ir con prepotencias. En su juventud padeció la rabia del juego y la furia de la libido; era un tipo desordenado, caótico en todas sus cosas y violento; el alcohol y la cocaína fueron, por algunos años, su pan. Apenas cumplidos los veinte años llevó a vivir consigo a Veró-nica Pérez, una mujer que compartía su idiosincrasia en todo; eran un espejo frente a otro espejo: la mul-tiplicación obscena de uno en el otro. La trifulca, los insultos, las borracheras de alcohol y de merca y las absurdas infidelidades fueron, al poco tiempo, rutina y escarnio. Luego de dos años de maltratarse, cuan-do el sexo entre ambos no era sino un cosa del pasado, y cotidianos las resacas y los vómitos y los ojos a-moratados, Verónica se suicidó. Ahora bien, en el barrio hay algunas personas, maledicentes de abolengo, quienes instauraron aquí la idea según la cual ese suicidio no fue tal, sino más bien un  asesinato liso y lla-no, una determinación de Celestino, una obra del ciruja; y por poco crédito que tuvieran quienes echaron a rodar esa maledicencia, la idea quedó instalada en el barrio como un parásito que se alojara en los in-testinos, donde jamás le faltara sustento y al que ni siquiera por las heces es posible eliminar. No son me-nester las cien pruebas bien fundadas que hay y que acreditan la inocencia de Celestino, para que noso-tros diez veces confesemos su inculpabilidad; pero allá en el fondo de nuestra conciencia, donde no tene-mos acceso ni potestad, dentro de ese último y más poderoso estante, desde ese recóndito e ínfimo ana-quel una voz, un susurro, silabeando nos dirá: ”¡Él la mató!”                                                                                           La ciencia policíaca no pudo probar su culpabilidad (aquí, como bien indica la ley, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario): luego de tres días de picana, submarino y de atroces palizas, el ci-ruja seguía sosteniendo su inocencia con la misma firmeza que antes que se posara la picana eléctrica en sus testículos.
-¡Qué extraño! –se sorprendió el taquero-. Nadie, luego de una biaba como esta, resulta inocente; pero co-mo decía mi padre:”Si sucede, es que sucede” -filosofó el comisario, y, como estaba menos interesado en la justicia que en resolver el caso satisfactoriamente, halló, extramuros esta vez, a otro sospechoso, quien seguramente no sería tan resistente al dolor hijo de la serpiente del suplicio. El caso de celestino demues-tra que la ciencia, por policíaca que sea, es una superstición como cualquier otra, sólo que menos firme y más variable que las tradicionales. Pese a estar poco tiempo detenido, Celestino regresó  muy estropeado y con una extraña expresión canalla en su boca; expresión, mueca o gesto que antes no tenía y que hasta hoy conserva, como un recuerdo de aquellos tiempos.                                                                                                                                   El ciruja, que había padecido la furia del juego, del alcohol, de la cocaína y del sexo, luego de la muerte de su mujer trocó esas debilidades por otra: la furia, que es decir la debilidad, por el dinero. Hoy, veinte años después de los hechos citados, él lleva una vida de monje, de monje y mercader. No pudieron probar su culpabilidad, pero en nuestro coleto, allá al fondo oculto, lo hallamos reo para toda la eternidad. Ahora bien, en el barrio hay una alfombra que es tan extensa como el barrio mismo; bajo esa alfombra oculta-mos, todos los vecinos sin que falte ninguno, todas nuestras miserias, todas nuestras bajezas, todo aquello que sea motivo de escarnio; todas nuestras omisiones e infamias; si escudriñás debajo de esa alfombra po-drás ver a Celestino Fuentes, joven aún, furibundo, sudando y desencajado, tirando de las piernas de Veró-nica para que el nudo de la soga, atada en un extremo de la viga del techo, se ciña más aún en el delicado cuello de su mujer. Pero que nadie se guíe por mis palabras, que ya lo han juzgado al ciruja; cualquiera pue-de venir al barrio, levantar esa alfombra y corroborar lo antedicho… Por supuesto si se anima a venir hasta acá.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario