CAP. 2 LA MAESTRA Y EL CIRUJA
Este
es un barrio de deslumbrantes opacidades y de milagros ínfimos, de pequeños
sueños y grandes pe-sadillas. No indico esto al sociólogo ni al antropólogo; no
a los ediles, no a los caciques políticos que san-gran por el barrio, no al
señor intendente, no al señor gobernador: el barrio puede desenvolverse perfec-tamente
sin vuestra indiferencia. Lo indico, sí, a los hombres pequeños que somos en
este mundo.
Mostraré aquí, sólo para ilustrar groseramente, la conformación
socioeconómica del barrio, a dos polos de esta minúscula colectividad: la
maestra Graciela Susana Mandrini y al ciruja celestino Fuentes. La una vive en
una pobreza franciscana, el otro en una opulencia de sátrapa.
Graciela Susana Mandrini es maestra de escuela primaria, abocada mera y
exclusivamente al estudio y la enseñanza; pasión, amor y maternidad le fueron
ajenos. La vida pasó sobre, bajo y al
lado de ella sin a-nunciarselo, o haciéndolo en voz muy baja; en algún
momento, cuando recién comenzaba en la docencia, en la voz de un joven albañil
la vida le susurró una hermosa promesa, pero ella no la oyó, o no quiso oírla.
Luego, la rutina de la soledad, su amor pedagógico y su temor esencial a la
felicidad hicieron de ella al-guien fácilmente patético, menos detestable que
digno de conmiseración. La docente es de una insignifi-cancia proverbial; a
ella, y disculpen la confidencia, no me acerca otro sentimiento que la
compasión. Se-vera, dura de corazón, ecuánime y sin preferencias, los que
fuimos alumnos suyos siempre la sentimos le-jana y neutra, como una roca lunar. Quien opta por el camino
que ella optó se regocija por harto tiempo de sus conductas, hasta que un día
se reconoce vacía del más absoluto vacío, es decir llena de cosas sin valor
alguno. Infeliz. Ese día, hoy, ha llegado para Graciela, y si no fuese tan
rígida, tan acendradamente e-lla, se arrojaría en un rincón a llorar con
auténtico sentimiento; pero no, ella comenzó el día con su rutina y espera
terminarlo de la misma manera. Sin llanto ni enmiendas, sin pensar ni sentir.
Corregirá algunos exámenes, tomará un té de frutillas y luego, en la tarde,
dejará que ese sopor inexorable tan conocido le cale los huesos, los ojos y el
alma. Las corazas que se ha impuesto desde la juventud la hacen repulsiva de
sus congéneres ¿Qué herida temprana, qué fracaso, qué prenatales cualidades te
prepararon este camino agrio y sin venturas que transitás? Yo, que detesté tanto
tu figura y tu voz en mi niñez, hoy siento un cul-pable cariño por vos, una
especie de dolor ajeno y menguado. No te conocimos, tus alumnos de antaño, y me
atrevo a decir que el resto de la humanidad, digo, no te conocimos la risa ni
la alegría ni el rencor, y ni siquiera el dolor manifiesto, y si alguna vez te
sospechamos cerca del llanto, jamás lo corroboramos. Fé-rreamente adusta que
eras, inexorable y neutra, Graciela Susana Mandrini, yo te recuerdo con un poco
de cariño y con mucha compasión: por esas dulces, y muchas veces engañosas
nostalgias que nos acercan los recuerdos de la niñez.
Imagínenla: magra, baja de estatura, paso corto y recio, pecho
semiplano, vientre seco y acaso estéril; aunque afeado por alguna energía
espiritual, delicado y armónico el rostro, y sutiles y hermosas sus ma-nos de
pedagoga. Invariablemente lleva el cabello recogido tirante hacia atrás, con un
casto rodete ha-ciendo de remate cerca
de la nuca. Imagínenla, y no sean severos como lo fue y es ella consigo misma. La
maestra Graciela Susana Mandrini no se ha casado nunca, no ha protagonizado
ningún concubinato ni a-rrime alguno, y a sus cincuenta y cinco años ya es
difícil que lo haga. No le han faltado pretendientes, pe-ro ella los ahuyentaba
conforme se le aproximaban. Hace más de treinta años fue mi maestra de tercero,
cuarto y quinto grados, y hoy, desde estas forzadas páginas, la recuerdo con
algo que alguien podría con-fundir con amor. En el barrio goza del dudoso
prestigio que tienen aquellos que saben más que sus congé-neres, el mismo
prestigio que tiene los poetas que corren tras la belleza y el hambre. Desde estas absur-das nostalgias yo me
pregunto ¿han tenido ustedes una maestra como ella? El
ciruja Celestino Fuentes es desde siempre vecino contiguo de la maestra, y no
hay día en que no se cru-cen sus caminos ni que se profesen recíproca aversión,
representada en su exterior por una mutua y ab-soluta indiferencia. Él es,
aunque difícilmente pueda escribir la palabra números, un águila para ellos, es
decir un mercader nato; en él no corre sangre china ni judía ni árabe, sino
española, goda casi, hidalga, hereditaria y parasitaria, no obstante esto, ha
nacido para mercar. Celestino compra a precio de elemento inútil y vende a
valor de elemento insustituible y escaso
en el mercado ¡Te alerto de este financista! No te cruces en su camino si andás
necesitando un préstamo, yo que fui su deudor, te lo aconsejo. De haber tenido
alguna instrucción, Celestino Fuentes sería hoy socio mayoritario del Deutsche
Bank o del Morgan Stanley. Celestino es un hombre de mediana estatura,
consistente, duro y fuerte; su piel, blanca otrora, luego de los soles y los
fríos de su labor a la intemperie es hoy de un bronce viejo, a veces bruñido,
opaco a veces; sus ojos brumosos y apagados y su boca sensual y canalla dicen a quien sabe
leer rostros que se trata de un tipo de cuidado, al cual es menester no ir con
prepotencias. En su juventud padeció la rabia del juego y la furia de la
libido; era un tipo desordenado, caótico en todas sus cosas y violento; el
alcohol y la cocaína fueron, por algunos años, su pan. Apenas cumplidos los veinte
años llevó a vivir consigo a Veró-nica Pérez, una mujer que compartía su
idiosincrasia en todo; eran un espejo frente a otro espejo: la mul-tiplicación
obscena de uno en el otro. La trifulca, los insultos, las borracheras de
alcohol y de merca y las absurdas infidelidades fueron, al poco tiempo, rutina
y escarnio. Luego de dos años de maltratarse, cuan-do el sexo entre ambos no era
sino un cosa del pasado, y cotidianos las resacas y los vómitos y los ojos a-moratados,
Verónica se suicidó. Ahora bien, en el barrio hay algunas personas,
maledicentes de abolengo, quienes instauraron aquí la idea según la cual ese
suicidio no fue tal, sino más bien un
asesinato liso y lla-no, una determinación de Celestino, una obra del ciruja;
y por poco crédito que tuvieran quienes echaron a rodar esa maledicencia, la
idea quedó instalada en el barrio como un parásito que se alojara en los in-testinos,
donde jamás le faltara sustento y al que ni siquiera por las heces es posible
eliminar. No son me-nester las cien pruebas bien fundadas que hay y que
acreditan la inocencia de Celestino, para que noso-tros diez veces confesemos
su inculpabilidad; pero allá en el fondo de nuestra conciencia, donde no tene-mos
acceso ni potestad, dentro de ese último y más poderoso estante, desde ese
recóndito e ínfimo ana-quel una voz, un susurro, silabeando nos dirá: ”¡Él la
mató!”
La
ciencia policíaca no pudo probar su culpabilidad (aquí, como bien indica la
ley, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario): luego de tres
días de picana, submarino y de atroces palizas, el ci-ruja seguía sosteniendo
su inocencia con la misma firmeza que antes que se posara la picana eléctrica
en sus testículos.
-¡Qué
extraño! –se sorprendió el taquero-. Nadie, luego de una biaba como esta,
resulta inocente; pero co-mo decía mi padre:”Si sucede, es que sucede” -filosofó
el comisario, y, como estaba menos interesado en la justicia que en resolver el
caso satisfactoriamente, halló, extramuros esta vez, a otro sospechoso, quien
seguramente no sería tan resistente al dolor hijo de la serpiente del suplicio.
El caso de celestino demues-tra que la ciencia, por policíaca que sea, es una
superstición como cualquier otra, sólo que menos firme y más variable que las
tradicionales. Pese a estar poco tiempo detenido, Celestino regresó muy estropeado y con una extraña expresión
canalla en su boca; expresión, mueca o gesto que antes no tenía y que hasta hoy
conserva, como un recuerdo de aquellos tiempos.
El
ciruja, que había padecido la furia del juego, del alcohol, de la cocaína y del
sexo, luego de la muerte de su mujer trocó esas debilidades por otra: la furia,
que es decir la debilidad, por el dinero. Hoy, veinte años después de los
hechos citados, él lleva una vida de monje, de monje y mercader. No pudieron
probar su culpabilidad, pero en nuestro coleto, allá al fondo oculto, lo hallamos
reo para toda la eternidad. Ahora bien, en el barrio hay una alfombra que es
tan extensa como el barrio mismo; bajo esa alfombra oculta-mos, todos los
vecinos sin que falte ninguno, todas nuestras miserias, todas nuestras bajezas,
todo aquello que sea motivo de escarnio; todas nuestras omisiones e infamias;
si escudriñás debajo de esa alfombra po-drás ver a Celestino Fuentes, joven
aún, furibundo, sudando y desencajado, tirando de las piernas de Veró-nica para
que el nudo de la soga, atada en un extremo de la viga del techo, se ciña más
aún en el delicado cuello de su mujer. Pero que nadie se guíe por mis palabras,
que ya lo han juzgado al ciruja; cualquiera pue-de venir al barrio, levantar
esa alfombra y corroborar lo antedicho… Por supuesto si se anima a venir hasta
acá.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario