domingo, 6 de abril de 2014

Barrio Neftalí - Capítulo 1

  CAP. 1                                                             AMOR Y MUERTE

Tan seguro como que mi nombre es Facundo y que moriré más temprano que no tarde, juro que será esta la última vez que trate de  contar la historia que ahora comienzo a escribir. Ya lo he intentado en varias o-portunidades, pero Dios o el Demonio (que aquí tienen equivalentes potestades) no me lo han permitido. Como se verá en el transcurso del relato, no tengo ninguna aptitud para la literatura; esas vanidades que-dan para individuos más frívolos que yo. Mis vanidades y mis frivolidades son muy otras. Al escribir este re-lato no hago más que cumplir con el legado que me impusiera, en bochornosas tardes de vino y sol, Efraím Vasconcellos. Este individuo, que por tesitura moral jamás podría ser mi amigo, me lo dejó  como una carga y un estigma, y mi alma desde entonces la soporta. Ahora yo les lego, pues mi propia tesitura moral les im-pedirá mi amistad, esta maravillosa historia, que no se obsequia sino a adversarios confesos u ocultos ene-migos. Al final seré libre y podré respirar, y ustedes queridos contrín-cantes cargarán con esta piedra fría y filosa sobre vuestras espaldas.
Pero antes debo hacer una somera descripción de Vasconcellos. De él me desconcertaba, más bien debiera decir repugnaba, un leve bizqueo que era imperceptible para la mayoría, pero más que ostensible para mí; Efraím sostenía que lo había adquirido luego de las interminables sesiones de tortura de las que fue vícti-ma, mas yo sospecho que ese bizqueo es hijo del mirar mal a la gente y sospechar a un enemigo tras cual-quier fruslería. Sea lo que fuere, jamás dejaba de estremecerme su mirada primera, media y última, la de despedida. Él es un individuo penumbroso y oblicuo, zigzagueante  y refractario: es decir un derrotado;  le-ne únicamente en soledad, abatido sólo cuando nadie lo puede señalar, quejumbroso solamente consigo mismo, abrumado exclusivamente en el vértice de su misantropía. Tengo motivos para hablar bien de E-fraím, pero no lo haré: sus virtudes no harían más que afearlo.
-Usted, señor agüero –me dijo en una de nuestras primeras charlas-,  es todo lo que yo, fervientemen-te, deseo no ser; pero no sé por qué me atrae tanto su compañía, por qué esta necesidad de hablar con usted  y compartir una mesa; quizá sea una parte, oculta y siniestra de mí, que busca la perdición y el dolor. Usted, y no sé si le habrá sucedido los mismo, me cae tan mal que al final, por vaya a saber que laberintos espirituales, me termina por agradar; de una manera oscura  ciertamente, morbosa y, quizá, interesada. Yo he conocido individuos como usted, y ninguno de ellos ha dejado de ser mi ad-versario. Escrupulosamente los he combatido, con diversa suerte. Usted, señor Agüero, es igual a mí, sólo que de índole inversa; como la otra cara de una moneda falsa. Yo nací, viví, vivo y moriré por un sueño, y usted, me parecer entrever, hace todo lo que hace y omite hacer todo lo que omite para e-vitarse la pesadez de soñar… y llevar esos sueños adelante. Somos dos fantasma, sólo que yo perdí mi carnadura en la refriega y usted en la molicie y la codicia. Y cuanto más intento distinguirme de usted, más me parezco. Es una pena… para ambos.
Luego de su perorata, se acomodó con sus manos, grandes y fuertes como las de un albañil, su escasa ca-bellera gris. No hice juicio de sus apreciaciones, me limité a mirarlo con esta mirada impasible que natura me proveyó. Lo demás fue oírlo, con y contra mi voluntad; presa ya de su magnetismo, no pude huir de la prisión de sus palabras. Y sigo sin poder hacerlo.

 -Tenemos que hablar –me dijo este hombre cierta vez, en una de las pocas veces que me dirigió la palabra-. Esta noche lo espero en el bar.                                                                                                                                                                                   Casi no voy, mas para salir del tedio  que es mi peor compañía, acudí a su inopinada cita; el estaba sentado a la mesa de un rincón de este antro llamado El Silencio, levantó la vista, asimétrica y verde,  del menjunje que bebía y me dio la bienvenida con una mueca.
-No iba a venir –dije omitiendo el saludo, pero con una amplia sonrisa sin alegría en la boca.
-No esperaba otra cosa de usted –me respondió casi sin rencor-, más le hubiera valido seguir su primer impulso; pero ya está aquí. Y no puedo agradecérselo. O no quiero.
Gauna, patrón del bar, me sirvió, sin que se lo pidiera, en un vaso turbio y tormentoso un vino más turbio y tormentoso aún, y se retiró como llegó: en absoluto y contagioso silencio. Bebí, y la viscosa acidez del vino me hirió la lengua y el paladar. Sonreí. Yo siempre, y casi en cualquier circunstancia, sonrío. A veces se me confunde con un hombre feliz, y casi siempre con un idiota.
-Quiero anoticiarlo, si usted me lo permite señor Agüero, del singular amor entre Gracia Olmos y Aarón Flores; de ese amor extrañísimo, de su intensidad y de sus terribles consecuencias –comenzó Efraím, sin mirarme como si hablara para sí mismo. Sus primeras palabras me asombraron: lo que menos espe-raba de él es que me hablara de romances barriales. Casi me levanto para marcharme. Pero me quedé.                                                                                                                                                                                                                                          -Y no se espante, esta historia es más terrible de lo que parece-. Agregó adivinando mi asombro y des-dén: mi rostro es indescifrable, pues sin, con o contra las circunstancias que me toquen vivir, siempre luzco una expresión de auténtica felicidad.
-Diga ­–dije resignado, aunque el traste me incomodaba sobre el mimbre tejido de la silla.
-Esta es una historia trágica y letal, y los jovencitos, a Gracia me refiero y a Aarón, serán sus involunta-rios desencadenantes, y sus víctimas además. Eran vírgenes espiritual y físicamente,  e inocentes; la virginidad, en ellos como en todos, era una incomodidad, un estorbo y una carga. Un legado de los in-satisfechos. Luego del amor nada fue igual: ¿Quién perdona a la belleza y la felicidad? Ellos fueron a-rrasados, cegados e incendiados por un amor apasionado y sin sujeciones. En el después nada fue igual para ellos, ni para el barrio, ni para el mundo; usted puede o no dar por verosímil a mi relato, mas yo le aseguro que nada de ficción hay en él –dijo Vasconcellos con un leve, voluntario y cultivado titubeo. Y de este aspecto de la personalidad de mi interlocutor quiero hacer una fugaz observación: en su juven-tud esta vacilación oratoria producía un efecto encantador, que seducía a las muchachas del barrio y  la militancia y desconcertada envidia en sus contiguos masculinos; el tiempo, que a nada perdona y a todo ensombrece, que a todo tiñe de melancolía y espanto, hizo que este gesto de Efraím, otrora tan cautivador,  le diera en el ocaso de su existencia un aire patético y desconsolador. Como al hombre le da un peluquín renegrido  o anaranjado y las camisas de su juventud. Y ahora, ya en vertiginosa caída en los prolegómenos de la vejez, Efraím continuaba usando la ignominiosa camisa de sus dieciocho a-ños, sin proponérselo siquiera. El leve bizqueo y esa forma arrastrada de tartamudeo imperfecto me hacía insufrible su compañía.
-Sé, Agüero, que a usted no le agradan las historias, que usted es un hombre práctico inhabilitado para perder el tiempo en cuestiones sin importancia; alguien que si se asoma a ver alguna acción, ha de ser necesariamente de un Cécil Rhodes, un Henry Ford o un Onasis, los últimos Napoleones, los postreros Carlos V. Pero yo le prometo que si me tiene un poquitín de paciencia se va a enterar de dos o tres co-sitas que lo dejarán con la boca abierta, a usted justamente que la última vez que se sorprendió y emo-cionó fue al saber el grosor de la billetera de míster Gates; usted que calza, en el sitio donde debiera tener un corazón, un músculo sanguinolento que evalúa las alzas y bajas de los mercados, su Dios. También le prometo que a veces el tiempo perdido es tiempo ganado.                                                                                                                                                                      Oirá de mi boca que Ariana, hermana de Aarón, intervendrá entre los prematuros amantes con una con-ducta tan vehemente como equívoca. Sabrá que Amor y Muerte, en estas particulares circunstan-cias, quizás como en cualquiera otra, serán polos opuestos que se atraerán con fuerza de  sino. Se en-terará, señor Agüero, de que Aarón es un adolescente  de quince años de edad, moreno, delgado y frágil, cuyos ojos son los de un poeta en embrión y su voz la de un monaguillo cabal. Yo le diré que A-riana, de la misma edad que su hermano, es una araña promiscua que se escuda en su lascivo actuar para sacarle el cuerpo al amor; su nebuloso y caótico instinto, prevé que en el amor sólo hallará, y con ella su hermano, fatiga y peligro; así como ella anda por la vida saciando su hambre y su sed, Aarón la recorre con una inocencia y una puerilidad que aterran. Pero esto, ni nada, permanecerá así por mu-chas horas; hay, en las nubes de este día, formas de revolución, de agitaciones, de maremotos; se hue-le en el aire matinal perfumado de eucalipto, se siente como sienten los niños, los profetas y los pe-rros; No lloren, no llores: guarda las lágrimas que en pocas horas te harán falta.                                                                                                                                                     Usted ha visto pasar a Gracia Olmos por estas calles de tierra y ha sentido un rencor sordo y luctuoso al comprobarla tan ajena a su vida y tan inalcanzable; usted que ha sido presa de su aroma, también sabrá que esta joven tan hermosa es dueña de un corazón abnegado y generoso hasta el heroísmo; se inquietará por esa belleza exótica sin igual, producto magnífico de los distintos pueblos, de las dese-mejantes sangres y razas que habitan y son  en ella; y podrá decir, conmigo y con todos los hombres de buena voluntad, que no hay mayor iniquidad que la pureza, o, como sostenía el poeta Melville, en lo a-terrador de lo blanco, es decir el símbolo convencional de pureza. Verá que la mácula y la mixtura, de las cuales somos creaturas y creadores, son la sal de la vida, su génesis y su apocalipsis. Se inquietará como se inquieta siempre al verla pasar, con los pensamientos más lúbricos, tiernos y acongojados. Gracia Olmos es la joven más hermosa del barrio, y se pude decir sin exagerar que del Orbe también; y pese o debido a que es una adolescente de quince años, su belleza no merece otra objeción que su pertinacia en herirnos de impotencia y rencor. Dígame Agüero ¿para qué nombrar las formas de su no premeditada sensualidad, para qué si ella a nadie ve? O a casi nadie. Quiero salir de ella, es menester que lo haga, que deje de lado los árabes ojos de Gracia y su nipona mirada y su boca de labios de rosas de los campos; es necesario que abandone su figura ¡No, debo salir de ella, debo dejarla de lado y abandonarla!  ¿Si no, como he de continuar el relato?                                                                                                                                                                            Ahora sí Agüero, ahora puedo contar sin prolegómenos lo prometido; quiero que nada estorbe hasta llegar a la médula de este fantástico e increíble amor y sus pavorosas secuelas. Pero es menester que le presente el escenario donde ellos actuaran: aquí está, este es el barrio Neftalí.                                                                    Si me ha soportado hasta aquí, y sigue dispuesto a oírme… ¡Aténgase a las consecuencias, señor Agüero!























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